viernes, 26 de diciembre de 2008

LA ESCOBA VERTIGINOSA


Un momento, aquí hay un error. La escoba no era veloz. Sólo alcanzaba los ciento veinte kilómetros por hora en vuelo rasante, porque ¿volar alto?. Eso ni se les ocurra. La escoba lo que era realmente es vertigonosa. Tenía pánico a las alturas. Apenas Catalepsia, la bruja que era su dueña, intentaba remontarse a una altura mayor que la de un niño de siete años a la escoba le entraba un mareo horrible. Incluso en una ocasión las náuseas fueron tan fuertes que se le revolvieron todas las cerdas.
Catalepsia estaba horrorizada. Cada bruja tiene que hacer su propia escoba y entrenarla para el vuelo. Si la escoba no aprende es culpa de su dueña. En el Festival de Acrobacia Aérea que se celebra anualmente en Hechizolandia, cada bruja tiene que hacer demostraciones de habilidades en pleno vuelo. Y quién iba a reconocer habilidades volando a la altura de un perro con problemas en la columna.
Después de dos semanas de insultos, que no repetiremos aquí para no ofender los oídos de los lectores, la bruja decidió emplear un par de conjuros del Libro de Alta Brujería. Se encaramó sobre el escaparate por si la escoba corcoveaba o tiraba patadas, y desde allí dijo las palabras mágicas: "Ainadar, Ainadar, Bradasar, vas a volar". Tremendo lío. La escoba salió disparada a velocidades casi lumínicas a una altura de cincuenta centímetros del piso. No quedó silla de pie, pomo con tapa, ni cacerola que no se volcara. El gato negro, que tenía para la mala suerte, salió dejando tras de sí parte de los pelos de cola. Al volcarse la cacerola, donde se preparaba un maleficio que haría que Ricitos de Oro no pudiera tomar más sopa, se mezcló con otro ya hecho para provocar una plaga de cucarachas. Resultados, una plaga de cucarachas a dieta.
Cuando la escoba se cansó de arremeter contra todo lo que se encontraba a la altura de su vuelo, aterrizó tranquilamente detrás de la puerta. Catalepsia indignadísima, comenzó a repasar nuevamente el Libro de Alta Brujería para ver donde estaba el error. Las palabras estaban bien dichas, el tono fue el adecuado. ¿Dónde estaba el fallo?
¡Claro! El problema de la escoba no era volar, sino la altura. Dentro de las palabras mágicas dichas no estaba el lograr que subiese, sólo que volara. Y la escoba lo había hecho. Además logró velocidades que hasta ahora no alcanzaba. Catalepsia se sentó con calma sobre la mesa, todas las sillas quedaron destrozadas, se puso entre las piernas el libraco y siguió buscando. En la sección de Conjuros no encontró nada. Siguió para la de insultos y nada tampoco. Pasó por alto la parte de guía telefónica porque para qué, en esa parte del bosque las comunicaciones eran pésimas. Llegaba más rápido un mensaje enviado con la tortuga que una llamada por teléfono. ¡Ah! Aquí está. Sección de hechicerías, páginas moradas. Hechizo para el crecimiento de la nariz de Pinocho, hechizo para desrizar a Ricitos de Oro. Este otro era para que la abuelita le produjera indigestión al Lobo. Aquí, hechizo para volar alto.
"Tómese dos alas de murciélago, cuatro plumas de tiñosa, dos de pitirre (por aquello de que por mucho que el aura vuele siempre el pitirre la pica), polvos de dientes de dragón, si el dragón que tiene a mano es muy viejo pueden utilizarse polvos de su prótesis. Póngase a hervir a fuego intenso y cuando casi esté a punto añádale dos libras de aires estratosféricos".
Por suerte los ingredientes los tenía a mano. Bueno el aire era un poco añejo, regalo de Cantoya cuando viajó en su globo. La bruja dispuso todos los ingredientes y al cabo de media hora ya tenía la poción que la haría triunfar. Agripina y Gumersinda se morirían de envidia en el Festival de Acrobacia Aérea.
Por fin llegó el ansiado día. Todas las brujas y magos de Hechizolandia estaban en la gran Explanada Fangosa. El Festival comenzó con saltimbanquis, después jóvenes aprendices de hechiceros mostraron juegos de manos. Las futuras brujas iban de un lado a otro tratando de aprender los trucos de los mayores. Ya casi al anochecer se comenzó a preparar la actividad principal del día, los vuelos con acrobacias.
Catalepsia era la segunda en la demostración de habilidades. Mientras Agripina hacia sus piruetas en el aire, secretamente, untó su escoba con la poción mágica. La escoba comenzó un leve movimiento de ascenso. En ese momento se le ocurrió la gran idea. Mezclar la poción con las palabras mágicas. Se paró junto a su escoba, miró a todos con aire triunfal, y exclamó: "¡Ainadar, Ainadar, Bradasar, a volar!". La velocidad de la escoba hacia arriba fue tan grande que Catalepsia se quedó con la pierna derecha en el aire y el cuerpo echado para atrás, pero sin la escoba debajo. Esto provocó que cayera de espaldas, dándose tremendo golpe con el suelo, mientras la escoba que siempre padeció de vértigo se fue perdiendo de vista.
La vergüenza de la bruja fue enorme. Tuvo que marcharse de Hechizolandia, aunque en este momento nos han llegado noticias de que está siendo buscada. Quieren los habitantes que responda las demandas que han hecho los marcianos por la caída de un objeto volador no identificado sobre su planeta y que parece ser un ataque realizado desde el país de las brujas.

jueves, 29 de mayo de 2008

LOS ECOS



Y de rubíes y de perlas
Era la puerta del palacio,
De donde como un río fluían,
fluían centelleando
los Ecos, de gentil tarea,
la de cantar con altas voces
el genio y el ingenio
de su rey soberano.

Edgar Allan Poe
La Caída de la Casa Usher
El Rey de los Ecos tenía tres súbditos, el Eco Grande, el Mediano y el Pequeño. Vivían todos en un palacio en lo alto de las montañas, y desde allí llegaban sus voces. Repetían todos los sonidos del mundo. Desde el susurro de las hierbas hasta el grito de las grandes aves.
Claro que la obediencia no andaba bien del todo. El más pequeño de los Ecos últimamente se escapaba a trocar sonidos. Si cantaba un ave, él respondía con el maullido de un gato, cuando caía el agua en la cascada, él repetía el chirriar de los grillos.
Todos los seres del monte estaban preocupados. Una banda de tomeguines en pleno fue a ver al foníatra, pues creyeron que su canto sonaba como berridos de chivo. Otros se sentían encantados. El burro por ejemplo creía que su rebuzno era un rugir de león. Un puerco tuvo que ir al psiquiatra por trastornos de personalidad.
Aquello era una total confusión. Los gallos cantaban toda la noche porque oían su eco como el ulular de los búhos. La Jicotea no se atrevía a abrir la boca por miedo de croar. Las ranas por el contrario no estaban en silencio un momento, pues se deleitaban con su eco a ruiseñores.
Y llovieron protestas, reclamaciones, y se elevaron quejas a la instancia superior. Sobre el palacio caía una granizada de cartas, memorandums y hasta algún que otro papel no tan bien escrito. Se tuvo que contratar secretarios para leer y tratar de resolver las reclamaciones. En ese instante el Rey decidió tomar cartas en el asunto. Había demasiadas por leer y los secretarios no bastaban.
Se convocaron a los tres súbditos a palacio y se reunieron en el salón de actos. El Rey se sentó en su trono y comenzó la sesión.
_ Los he llamado- dijo- porque existe un gran nivel de confusión.
_ De confusión- repitió Grande.
_ Confusión- fue la voz de Mediano.
_ Fusión, jazz, rock and roll- soltó Pequeño.
_ And roll- dijo Mediano.
_ Roll- se le escapó a Grande.
_ ¡Silencio!- se enojó el Rey.
_ Silencio- en un tono más bajo dijo Grande.
_ Lencio- habló tímidamente Mediano.
_ Sió- rió Pequeño.
_ Conociendo al culpable de este barullo
_ Este barullo
_ Barullo
_ ¿Yo? concluyó Pequeño
_ Dictaré la sentencia
_ La sentencia
_ Tencia
_ ¡Ah!
El Rey se puso morado ante esta salida de Pequeño, y sentenció con un refrán, como era costumbre en esa época.
_ La mula que corcovea
_ Corcovea
_ Vea
_ No sirve pa’carretón- finalizó Pequeño.
A lo que repitieron sus hermanos mayores.
_ Carretón
_ Retón
_ Tontón- culminó el Rey.
Y decidió que no era saludable tenerlos juntos y envió a Grande a vivir entre los barrancos de las montañas. A Mediano le dio las cuevas. Pequeño en cambio, por haber formado toda la confusión y barullo, lo convirtió en el espíritu burlón de los montes.

miércoles, 16 de abril de 2008

UN VAMPIRO EN EL TROPICO

¿A quién se le habrá ocurrido poner un vampiro en un cuento que ocurre en un país tropical? Los autores en ocasiones son tontos de remate o la imaginación les sube más alto que el globo de Matías Pérez. Por cierto, ese es otro personaje que ha sufrido bastante en la pluma de algunos. La última vez que lo vi andaba con extraterrestres.
Volviendo a mi problema, no gano para pagar psicólogos. Y está además lo de convencerlos para que me atiendan de noche. El primero se quedaba dormido siempre a las 10:00 p.m., justo cuando llegaba a la parte en que le contaba como mi autor me describía.
Al segundo cuando le decía que era el personaje de un cuento, se emocionaba y me hablaba de su obsesión. Se creía el príncipe que despertaba a Blancanieves. Vaya príncipe, la bruja se hubiera espantado de sólo verlo. Bajito, calvo, nariz prominente, los dientes le sobresalían como cinco centímetros de la boca y la barriga como metro y medio por delante del cuerpo. Con los espejuelos que usaba no es de dudar que confundiera a Blancanieves con uno de los siete enanitos.
El tercero me decía que mi trauma venía de la falta de juguetes en la infancia, y de las burlas de los demás niños por mis colmillos grandes. Incluso inventó apodos que decía me habían puesto mis compañeritos de aula. Si le explicaba que el autor del cuento donde yo aparezco me había creado ya adulto, se reía. Me quería hacer creer que había olvidado mi infancia por lo difícil. Después me enteré de sus intentos de convencer a Genaro de la inocencia de la mula en el delito de tumbarlo.
¿El cuarto? Bueno del cuarto no me acuerdo. Así fui pasando de psicólogo en psicólogo hasta que me aburrí de ellos. Claro lo peor no es eso. Lo malo del asunto es el calor. Aquí no hay quien se ponga frac y capa. Aparte de lo ridículo que se ve uno, las chifladuras de los jovencitos y las risas de cuanta persona me ve, está el calor. El verano pasado por poco me desmayo.
Hablando de verano, esa es otra que no soporto. Esos horarios en que anochece tan tarde. Si salgo antes de las 8:00 p.m. el Sol me achicharra. Amanece tan tarde que si me descuido los ómnibus se llenan de gente y no puedo atrapar ninguno a tiempo para llegar a mi ataúd.
Nada que mi autor no tiene ningún tipo de consideración conmigo. Los vampiros somos de parajes tenebrosos, con nubarrones oscuros, castillos horrendos y mucha oscuridad. Y mi autor nada más y nada menos quiere que vaya a la playa de día. ¡¡¡De Día!!! ¡¡¡HORROR!!! Quiere además que no me enamore de la muchacha del cuento y por último me pone a vivir en un apartamento moderno.
No hay respeto por el vampirismo. Apenas intente continuar el cuento le voy a chupar la tinta al bolígrafo para que quede inconc...

sábado, 22 de marzo de 2008

Paola y el teléfono (Destinatario Dragón)


Ring... Ring... Ring... Ring...


- ¿Sí?
-...
- Sí, es mi casa
-...
- No, mi mamá no está
-...
- No sé, ella tuvo que correr con Tito que se cayó de la mesa por estar de goloso, claro que no era por una cebolla, porque a él no le gusta su olor, fue por una posta de pollo, pero no se la pudo comer ya que se asustó cuando entró el abuelo y por tirarse rápido se lastimó una pata.
-...
- No, mi papá aún no regresó de la escuela porque tenía que ayudar a unos alumnos que no entendieron bien la clase, seguro que no atendieron bien o no hicieron las tareas, yo siempre las hago, claro que en ocasiones quien me ayuda es él, o tía Ivet cuando son ciencias naturales o artísticas porque mi papá dice que nació con dos manos izquierdas para el dibujo.
-...
- Bueno adultos no, Medusa es un año mayor que yo, y no sé si usted entendería sus maullidos por teléfono, tal vez los confunde con ruidos.
-...
- Si, estoy solita pero yo sé comportarme, mi papá dice que soy más formal sola que acompañada, yo no lo entiendo, ¿usted podría explicármelo?
-...
- Es una lástima, me gustaría entender todo lo que hablan los adultos, pero son tan complicados.
-...
- ¿Qué no tanto? Eso porque usted no ha visto a mi tía Clara, bueno en realidad no es mi tía sino una amiga de mi mamá, en esta semana ha venido dos veces llorando por separarse del novio y diciendo que no lo soporta, sin embargo al día siguiente yo la he visto ir a su casa y salir de brazos con él. Lo soporta, o no.
-...
- ¿Ya va a colgar? ¿Por qué tan pronto? Bueno fue un placer hablar con usted, saludos a su familia. Chao.
Click
- Hola mamá que bueno que llegaste, hace un momento te llamó alguien muy agradable que no sé quien era.

jueves, 13 de marzo de 2008

LA IMAGINACION


Triste sobre la azotea del edificio, Paola miraba las formas de las nubes que esta vez se les antojaban ajenas. No había patos, ni niños, ni hombres con sombrero, ni elefantes, ni siquiera la tonta silueta del camello. Las nubes corrían lentas y abajo el mar se rizaba tan solo de cuando en cuando al pasar la barrera de arrecifes donde la semana pasada se pinchó con un erizo. Claro que terminó en la pecera acompañando la estrella de mar, el caracol y el aguamala que atrapó papá, el dragón verde y refunfuñón, que anda quisquilloso últimamente, como diría el abuelo. Por cierto, se ha asomado ya dos veces por la escalera, pero la cara de la niña lo ha hecho desistir en llamarla. Cuando la pequeña princesa está así es mejor dejarla sola un rato. Una vez que se le pase irá sola a la sala, tomará un papel y le escribirá una carta a su papá y nos enteraremos cual es el embrollo que trae en su cabeza.
Mientras, sentada sola sin acercarse al borde del techo, la niña deja correr su pensamiento buscando su, perdida imaginación. Abajo en el banco, bajo la sombrilla de cemento, un anciano también mira el mar, en ocasiones espumoso, y se salpica con el chocar de las olas contra el muro del corto malecón con escaleras a intervalos, para que los bañistas puedan entrar en la pequeña playa.
Paola mira un momento al hombre y enseguida trata de concentrarse nuevamente. Pero algo, tal vez los cuadros de la camisa azul que contrasta con el mar, o la blancura del cabello le hacen volver a observar al anciano. Que en este instante, como si presintiera la mirada de la niña, gira lentamente su cabeza y mira hacia la azotea. Paola cree que si uno mira fijamente a otra persona, esta se da cuenta; y a pesar de la distancia su vista se detiene en los ojos del viejo. Y los siente azules y profundos como la entrada de un castillo protegido por un dragón bueno; donde la princesa, una dulce niña que casualmente se llama como ella, esperaba la llegada del pequeño caballero. Puede ser Joan, montado sobre un unicornio y acompañado del feroz mastín Tito (Paola nunca ha visto un mastín pero lo imagina muy fiero), mientras esa nube, terrible oso, avanza sobre la azotea del castillo donde ha huido, ya que el dragón salió a educar jóvenes caballeros. La princesa recuerda entonces el conjuro que le enseñó la poderosa hechicera Ivet, la maga. Miedo, yo no soy valiente, por eso no te temo. Entonces abre los ojos que había cerrado en el instante de miedo, mira al oso y este se convierte en un conejo saltarín.
Paola decide saborear su triunfo mostrando al anciano lo que ha sido capaz de hacer, pero el hombre ya no está allí. Tan sólo cree vislumbrar, por un momento, los cuadros azules de su camisa que se pierden en la esquina de la siguiente calle.
Bueno no importa le irá a contar a papá que su imaginación se ocultó un rato pero ya apareció.

lunes, 18 de febrero de 2008

ESTORNUDOS

Todo comenzó con un ligero cosquilleo y terminó en una sarta de estornudos incontrolables. Y vinieron los problemas. Aparecieron llaves en la sopa y un par de monedas de veinticinco centavos decorando la ensalada de mariscos. El acabose.
Si no pasó nada fue porque el cocinero dueño del pantalón con el bolsillo estornudador era también propietario del restaurante, y aquel pantalón le gustaba mucho por lo cómodo.
El bolsillo no paraba de estornudar, y en cada ocasión que lo hacía lanzaba su contenido hacia todas direcciones. La situación se ponía incómoda, muchos clientes protestaban. No es nada agradable tomarse una crema de queso y pañuelo, un bistec adobado con la tarjeta de presentación de un quiropedista, o ¡peor aún! una paella con raya al medio hecha por un peine con dos dientes de menos.
Los clientes comenzaron a faltar, sin importarles el éxito que había tenido el restaurante durante toda la temporada, ni lo variado y sabroso de los platos. Entonces, el cocinero comenzó a desesperarse. Primero optó por dejar el bolsillo vacío, así no podría lanzar nada. Fue en vano. Al estar vacío, el bolsillo, con cada estornudo se viraba al revés mostrando, para su vergüenza, todo su interior fuera del pantalón. Y en alguna que otra ocasión se las ingenió para embarrarse de mayonesa al salir.
Por aquellos días un cliente, compadeciéndose del dueño del restaurante, le recomendó que fuera a un sastre para que le amputara el bolsillo. El cocinero se horrorizó ante la idea. ¿Acaso los sastres usaban anestesia para ese tipo de operaciones? ¿ Y si su bolsillito querido sufría mucho? Además aquello provocaría que no tuviera dónde guardar los pedidos de los comensales. Mas, pensándolo mejor, decidió ir a ver al sastre, no para que le cortara el bolsillo estornudaticio, sino para que lo aconsejara.
El sastre, que era nuevo en el negocio, se quedó boquiperplejo, que es algo así como con la boca perpleja y el rostro abierto. Los bolsillos que él cosía eran alargados, pequeños para guardar monedas, anchos, por fuera, y otros mil diseños diferentes, pero nunca le habían enseñado cómo librar de estornudos a uno. Preocupado tomó el teléfono y llamó a todos sus profesores y condiscípulos. Incluso se comunicó con el sastrecillo valiente, mas este le objetó que lo de él era matar a siete de un golpe, no enfrentarse a un bolsillo paranoico-agresivo y lanzador de cosas.
Después de varias consultas entre sí y revisar cientos de libros y documentos antiguos, hasta “Cómo confeccionar chalecos anti-mamut”, escrito por un hombre de las cavernas. La comisión de sastres y costureras determinó que se sentían desnudos ante el problema. Y eso es mucho decir de las afamadas y afamados hacedores de ropas. Por último uno de aquellos magos de la aguja de coser insinuó que podría ser catarro y que el cocinero debía llevar su bolsillo al médico.
Tras muchas horas de explicación a oficinistas de hospitales, enfermeras, camilleros, ancianos conserjes, y hasta un escalpelo preguntón y en desuso, el cocinero logró que una comisión de médicos lo atendiera.
Allí estaba el pobre hombre acostado sobre la mesa de operaciones de un quirófano, mientras unos cuarenta galenos lo observaban y movían meditabundos las cabezas. Una hora más tarde el médico más viejo auscultando el estómago del bolsillo, dictaminó que no era catarro. Hubo una gran ronda de ¡Uuumm!, y volvieron a revisarlo. Le tomaron la presión, introdujeron unas paleticas alargadas, bolsillo adentro, mientras lo iluminaban con minúsculas lamparitas. Tiempo después el catedrático en medicina, dirigiéndose a sus colegas comentó que quizás fuera un evidente caso de alergia. ¡Claro! eso podría ser.
Cuando ya el cocinero prácticamente no veía a su alrededor, las luces del quirófano le molestaban en la vista, llegaron los alergistas. Comenzaron preguntando qué había comido el bolsillo en las últimas horas. En seguida contestó el cocinero que lo normal, llaves, monedas y las notas de los pedidos del restaurante. Podría ser, podría ser, fue la frase que repitió uno de los alergistas. Quizá una de las notas de pedidos estaba en mal estado o no la habían conservado bien.
¡Eso! --gritó uno de los médicos--, debemos traer los productos con los que cocina el dueño del restaurante para probar si alguno le produce esa estornudadera al bolsillo.
Contentos ante la opción mandaron seis ambulancias a cargar con todas las comidas y especias del restaurante. Dos horas más tarde comenzaron las pruebas. No fue necesario esperar mucho. Apenas se destapó el pomo de pimienta un estruendoso ¡Aaatchííísss! se escuchó dentro del salón de operaciones acompañado de otros no tan fuertes, pero que le sirvieron de coro.
El bolsillo era alérgico a la pimienta. El cocinero quedó desconsolado. Las carnes se condimentan con pimienta, qué iba a hacer ahora. ¿Tendría que dejar su restaurante y abrir una dulcería? A él le gustaban los dulces, pero prefería cocinar comidas.
Cabizbajo llegó hasta su casa. En el patio jugaba su hijo con unos amigos. Al ver a su padre triste le preguntó por qué se hallaba en ese estado. El cocinero se sentó en los escalones que bajaban al patio y le contó el problema de la alergia del bolsillo.
–Bueno papá -–dijo el niño-- y si le pones un ziper al bolsillo. Así no aspira los polvos de pimienta, y bueno, si de todas formas le dan ganas de estornudar cerrado, no podrá lanzar las cosas hacia fuera.
El cocinero fue a ver al sastre nuevo en el negocio para que le pusiera un ziper al bolsillo estornudador, por aquello de que de bolsillo cerrado no salen moscas, y no tuvo que transformar su restaurante. Aunque de vez en cuando en la cocina, se escucha algún que otro estornudo contenido.

miércoles, 6 de febrero de 2008

El Edificio es un Castillo


La discusión era en la escalera. No sé si les dije que soy tío de Joan y pensaba salir a preguntarle por unas misteriosas huellas de crayolas sobre la sábana y en el reverso de unos textos que debía entregar. Cuando me asomé ya estaban bastante acalorados, y sus voces se escuchaban en todos los pisos. Así que decidí intervenir no fuera que algunos se llevaran un regaño de los padres.
- ¡Eh! ¿Qué pasa, chicos?
- Tío, él dice que no es eso, y yo le digo que sí, y ella que no es lo que digo yo, ni lo que dice él- responde Joan con una rapidez que dejaría pasmada a la liebre del cuento.
- Bueno, qué es lo que dice cada uno, para entender.
Claudia la niña del tercer piso se adelantó a los dos varones y poniendo sus manos sobre las caderas, con las piernas un poco separadas, y dándose manotazos en los mechones de pelo lacio que le caen sobre los ojos en actitud de “a estos adultos hay que explicárselo todo”, respondió.
- El problema es que hoy la maestra nos llevó a un castillo para explicarnos la clase de Historia y de tarea dejó hablar de la visita además de decir qué era para nosotros un castillo.
- ¿Y bien? ¿Qué es para ustedes un castillo?
- En eso es en lo que no nos ponemos de acuerdo -habló Carlos desde el escalón donde estaba con su nariz fruncida por la discusión.
- ¡Ajá! ¿Y tú qué opinas Carlitos?
- Bueno, siempre en los cuentos que me hace mi mamá antes de dormir el castillo es la casa de un príncipe. Están llenos de espejos y lámparas bonitas. También se hacen bailes, y van muchas princesas. Hay mucha comida y dulces. Afuera se encuentran muchos coches de caballos, las personas usan pelucas y unos vestidos que ya no se usan. ¡Ah! Los hombres tienen espadas y armaduras, y hay guerras con catapultas.
- ¡Qué vá! -interrumpe Joan- Los castillos, para mí, son hoteles. En los cuentos los reyes reciben a los condes, a los príncipes, o a otros reyes y les dicen que se queden a dormir en su castillo. Hay muchas personas que sirven. Arreglan los cuartos, limpian los pasillos, traen la comida, y se visten de uniforme igual que en los hoteles. Además no hace falta guerra para que existan castillos.
Claudia mira desdeñosa a sus dos amigos y virándose hacia mí concluye.
- No señor, los castillos no son hoteles, porque los que trabajan en los hoteles no viven en ellos, y los criados si viven en el castillo. Y si toda esa gente vive dentro del castillo, pues entonces no es la casa del rey. Es la casa de todos los que viven dentro. Por eso yo digo que el castillo es un edificio, pero con una sola cocina. ¿No es verdad tío de Joan?
- Bueno... este... yo creo que mejor van a sus casas a responder sus tareas, mientras tanto yo voy a hacer la mía.
Los niños me miran asombrados, como si tuviera cara de puente levadizo cerrado. Lo que no dije era que me iba a casa a revisar el diccionario. Busqué rápidamente el mataburros ilustrado (llamado así no porque tenga fines asesinos, sino por la mucha información que tiene).
Aquí está la página, Castilla, Castillejo, Castillete, Castillo, aquí está.
Castillo: Edificio fuerte con murallas, baluartes, fosos, etcétera.
Claro que tenían razón. El castillo es un edificio, y voy a proponer que se añada en el diccionario: que tiene una sola cocina.

viernes, 1 de febrero de 2008

CABEZABAJO


Papá se puso bravo y viró la casa al revés, ahora todos tenemos que andar con la cabeza para abajo. Hasta hace una semana mi apartamento era uno más en el edificio. Un apartamento corriente y moliente. Bueno, lo de corriente pasa, pero lo de moliente. En mi casa no se muele ni el maíz, todo se compra ya listo para cocinar. No es que seamos vagos, el asunto es que papá y mamá trabajan fuera, el abuelo tiene su taller de mecánica al doblar la esquina, Adrián va al jardín de la infancia, y yo voy a tercer grado. Por eso casi nunca estamos en casa, sólo en las noches y los fines de semana.
Hace una semana papá se enojó mucho y dijo algo como: ¡En esta casa vivimos, pero se perdió la convivencia! Acto seguido viró la casa al revés, y empezaron los problemas. En un inicio pensé que aquello había sido para buscar la convivencia. Cuando algo no aparece y papá le pregunta si lo buscó, mamá le contesta que ha vuelto la casa al revés y no lo ha encontrado. Pues no, me había equivocado, papá no buscaba la convivencia esa porque, si así hubiera sido, se hubiese quedado registrando la casa, pero lo que hizo fue bajar y sentarse en el banquito del parque a mirar el mar, como cuando las cosas no le salen bien.
Los primeros días no me preocupé mucho por la dichosa cosa que se había perdido. Era muy divertido andar cabeza abajo. Mamá ya no nos mandaba para el parquecito cuando iba a limpiar, ni decía que subiéramos los pies, ahora no limpiaba el piso, sino el techo, que era lo primero que veían las visitas antes de entrar al apartamento. Lo que más tenía que limpiar era la sala porque la alfombra, que papi trajo en uno de sus viajes, con esto de vivir en las alturas del piso (que ahora estaba en el lugar del techo) se las pasaba mareada, pues nadie supo hasta ese momento que padecía de vértigo. Cada vez que tragaba un poco de polvo lo expulsaba entre contorsiones, provocándole coriza a la lámpara que ahora se encontraba debajo de ella, por eso se formaba el caos en el techo entre la agüita de la lámpara y el polvo de la alfombra para disgusto de mami que es quien limpia.
Otra de las diversiones era mirar por la ventana. Eso de tener el cielo bajo tus pies te da una sensación de permanecer flotando, bueno, si no se levanta la cabeza. Si mirabas hacia arriba parece que la tierra completa se te viniera encima.
Como les decía, los primeros días fueron divertidos, pero con el paso del tiempo se fue volviendo fastidioso. Los vecinos no venían, tal vez les era incómodo vernos comer tratando de que los frijoles no se nos escaparan del plato, o temían tropezar con el ventilador de techo. Si por cualquier razón alguno tenía que visitarnos, se quedaba parado en la puerta sin atreverse a cruzarla. Lo extraño era que apenas traspasabas el umbral te ponías cabezabajo casi sin notarlo. El problema era que ya la gente del edificio nos miraba raro y cuando pasábamos decían entre sí cosas como: excéntricos, o snobs. Realmente no sé que quieren decir ninguna de las dos, más no me agradaba nada tener que oír los cuchicheos.
A papá casi no podía dirigírsele la palabra en esos días, cuando uno intentaba hablar te preguntaba si habías hecho algo en la casa. Mamá se la pasaba limpiando el techo del agüita sucia que soltaba la alérgica alfombra, Adrián se la pasaba saltando para tratar de tocar el techo porque decía que como ahora estaba debajo de él sería más fácil llegar. El abuelo, en cambio, se llevó un catre para el taller explicando que andar en esa posición haría que la sangre se le fuera para la cabeza. No podía contar con nadie, y la dichosa convivencia sin aparecer. Entonces me alumbró el bombillo, claro ahora la claridad más grande para la cama era la del bombillo porque el sol sólo daba en la cama al amanecer y al atardecer ya que la ventana estaba por debajo. Lo que tenía que hacer era buscar un detective.
La búsqueda de un detective es una tarea muy detectivesca, fue lo primero que pensé tras un día de recorrer la ciudad tratando de hallar uno. El teniente Pérez se encontraba del otro lado de un oscuro túnel tras la pista de unos desaparecidos libros de escritores noveles. Florecita Chang se había tomado unas merecidas vacaciones y su pareja de caso, la oficial Olga, estaba en el peliagudo caso conocido como "Operación anti–buró", y la archiconocida Coti no pudo atenderme, quizás creyó que le iba a pedir un autógrafo. Gracias a ciertas recomendaciones, me dirigí al barrio chino, tras las huellas del conocido Chan Li Po. Después de pasar cuatro puestos de maripositas chinas, dos tiendas de pececitos, más de quince restaurantes en sólo una cuadra, y atravesar un mercado agropecuario arribé a lo que fuera la oficina del detective. Se encontraba en un desvencijado edificio, al que se llegaba pasando el parqueo de un antiguo restaurante. La decepción me atrapó: el ! edificio estaba en ruinas y en medio de ellas sólo había un quiosco de refrescos. Un anciano chino de obvia descendencia asiática, creo que era el tercero que veía en todo el barrio chino, me comentó el fallecimiento del famoso investigador. ¿Qué hacer sin detective? Tenía que hallar la convivencia para poner normal otra vez la casa.
Al ver mi desesperación, el anciano me recomendó que fuera dos calles más allá, y que preguntara por Pancho. ¿Pancho? Bueno, le dicen así, pero su nombre es Pan Cho Li, y es nieto del detective Li Po –fue su comentario. Con un poco más de esperanza seguí caminando.
–Por favor, dónde vive Pancho –pregunté a unos niños de mi edad que bailaban trompo en una calle por la que parecía que no pasaba un carro hacía siglos.
–El chino vive en la esquina, ¿qué pasó, perdiste algo?
–Algo así –respondí un poco cortado para no explicar que mi casa estaba cabeza abajo.
La casa de Li estaba abierta. Toqué suavemente la puerta. La voz no cambiaba la R por la L.
–Pasa que está abierto.
El señor Li estaba sentado en un sillón junto a la ventana, sus rasgos eran de chino, pero su piel tenía el tinte del mulato como mis primos.
–¿En que puedo ayudarte? –me preguntó con delicadeza, pero con un tono que me quitó las ganas que tenía de decir: Me equivoqué de puerta.
–Buenoenmicasaseperdiólaconvivenciaymipapálavirócabezabajo –dije de carretilla para no tartamudear.
–Así que tu casa está cabeza abajo porque se perdió la convivencia.
–Sí, y quisiera que usted viniera para que me ayude a encontrarla –le expliqué un poco más calmado ante su paciencia.
–Para eso no tengo que ir hasta tu casa.
Mi asombro llegó al límite en ese instante, no sé por qué, pero recordé que un día papi me habló de un detective con un nombre raro, extranjero. Algo así como Cherlojolmes que descubría las cosas haciendo preguntas, sin ir a los lugares donde sucedían. Lo que no sabía era que ese tipo de investigadores abundara.
Pancho me invitó a sentarme y gritó para dentro: –Vieja, trae refresco para el niño. Después dirigiéndose hacia mí preguntó:
–¿Dónde vives?
–En un apartamento cercano al mar.
–A mí me encanta el mar, por allá atrás tengo un par de abanicos de mar y dos o tres piedras que he recogido en playas donde hemos estado mi esposa y yo.
–A mí también me gusta, pero donde vivo está muy contaminado, y casi no vamos porque los fines de semana mi mamá los dedica a lavar, limpiar y hacer cosas de la casa, y mi papá busca los mandados que antes no pudo recoger y a preparar las clases para sus alumnos.
–¿Y tienes hermanitos?
La conversación comenzaba a preocuparme porque preguntando cosas de mi familia no veía por dónde iba a aparecer la convivencia, y no me gustaba que sospechara de mi familia, por lo que respondí:
–Sí, pero es pequeñito y no pudo esconder la convivencia, pues ni el mismo sabe dónde deja sus juguetes.
–Yo no sospecho de tu hermanito –me dijo sonriendo–. Solo te preguntaba para conocer quienes viven en tu casa.
–En mi casa somos mami, papi, el abuelo, Adrián, y yo.
–¿A qué hora sales de la escuela? Y cuéntame bien detallado lo que haces hasta que duermes. Es muy importante para la investigación.
–Salgo de la escuela a las cinco, que es la hora en que el abuelo va a recogerme. Caminamos por la orilla del mar hasta llegar a nuestra cuadra. Abuelo me deja en la puerta del edificio y se va al taller, yo subo, dejo mis libros de la escuela y bajo a jugar en el solar de la esquina. ¿Todo esto usted lo va a poner en la investigación?
–Quizás no todo ¿por qué?
–Es que a veces Rafael y yo nos entretenemos en tocar algunos timbres de puertas y salimos corriendo y nos escondemos en el vestíbulo del edificio.
–No te preocupes, eso no es correcto, pero muchos niños, incluido yo, lo hicimos. Trata de no molestar mucho.
–Mami llega a las 5 y media con Adrián y me llama a las 6 para que me bañe. Me pongo un short cuando salgo del baño, como a las siete, papi me ayuda a hacer las tareas, veo la televisión, y me acuesto a las 9 y media.
–¿Y Adrián?
–Adrián está en el círculo, lo único que hace es pedir a papi que juegue con él, que le dé caramelos, y llorar si no le gusta la comida.
–¿Dónde dejaste la ropa cuando te bañaste ayer y los libros de la escuela?
Lo miré sorprendido, ¿se me habría perdido la ropa y los libros junto con la convivencia? Lo único que faltaba era que me dijera que había perdido mi camión de pilas nuevo.
–La ropa en el piso del baño, y la mochila en la sala –dije casi susurrando.
–Al terminar la comida, ¿llevaste los platos para la cocina, y estiraste la cama al levantarte? ¿Tal vez jugaste con Adrián?
–Con Adrián es muy difícil jugar porque casi no entiende los juegos. ¡Ah! Dejé los platos en la mesa, y la cama la estira mi mamá, no me diga que todo eso se perdió.
–No, no se ha perdido –la respuesta de Li hizo soltar el aire que estaba aguantando– creo que tengo la solución del caso.
–¿Y se enderezará la casa? Dije casi con alivio.
–Eso espero. La solución es fácil, juega con Adrián, si él no entiende tus juegos, trata de tú comprender los suyos, y así ayudas a papá con sus tareas –al decirme esto me quedé pensando, yo suponía que como él es profesor es el que pone tareas, pero Li siguió–. Tu plato no pesa mucho, puedes llevarlo al fregadero, y estirar la cama por la mañana. También, dejar la ropa sucia donde suele ponerla tu mamá.
–¿Y con eso aparecerá la convivencia?
–Tal vez haga falta un poquito más, pero es un comienzo.
Salí no muy seguro y caminé hasta mi casa. Fui directo al baño, y al terminar recordé el consejo de Pan Cho Li, a pesar de que casi lo olvido jugando a que el barquito flotara con la bandera bajo el agua, como si navegara con la tripulación sumergida. Lancé con un movimiento de muñeca, como me enseñó el profesor de baloncesto, el short dentro de la ropa sucia, y después de comer hice equilibrios por una línea de losas del piso con mi plato en la mano cual si caminara por la cuerda floja.
A la hora de dormir mami vino con papi y me preguntaron cómo me sentía. Les dije que bien, sólo un poco cansado. Se miraron y fueron a dormir. Yo me quedé observando las estrellas debajo de mí, imaginaba estar en una nave espacial.
El resto de la semana seguí practicando tiros al aro con mi ropa y el cesto, y equilibrio con los platos, la cama no me salía también. El abuelo, hasta me pidió que le alcanzara sus herramientas cuando arregló la cocina de la casa. Hace quince días de eso, papá ya no anda molesto y no habla de la perdida convivencia, por cierto dentro de un rato nos vamos a la playa, lo único que siento es que ya no veo el cielo bajo mis pies cuando miro por la ventana.

martes, 29 de enero de 2008

TERESA



Teresa vive en el centro de la ciudad, en una casa grande que solo tiene un patiecito, donde da el sol a una determinada hora de la mañana en la que ella está en la escuela. Los fines de semana en cambio, a las 11.00 a.m. la niña se convierte en un pequeño girasol que va ladeando sus dorados cabellos a la par que el astro diurno y lo despide con un beso hasta el día siguiente.
Su otra alegría es la escuela. El bullicio de los amiguitos con los que puede jugar, porque Teresa tiene muchos juguetes que le gustaría compartir o salir, como su amiga Paola, a regarlos por el jardín, pero en su edificio ella es la única niña. Por eso ella adora la escuela y más que todo los momentos de receso. Cuando suena el timbre para salir al patio su rostro se transforma en el verdor de una cascada risueña. Salta, da empujones, pide disculpas apresuradas para llegar al patio de primera, y poder escoger su lugar de juegos, allí donde están las arecas y los gladiolos. Y es muy feliz hasta el próximo timbre. El receso son sólo quince minutos.

lunes, 28 de enero de 2008

El AMIGO DE JOAN


Lo de “Hay que llevarlo al psicólogo” es ya historia repetida. La primera ocasión que oyó hablar de él fue hace unos tres años, el día que la abuela lo sorprendió sobre una piedra en el patio de su casa en el campo, porque la abuela materna de Joan vive lejos de la ciudad. Lo que le preocupaba a la anciana no era estar parado en la piedra sino que estaba dándole un discurso a las gallinas, gallos y patos del corral en el que les explicaba dónde construiría un puente con tablas para que pudieran atravesar la zanja que corre por el patio.
Ayer se volvió a mencionar la palabra que empieza con p. Eso fue otro problema. Para Joan, que ya está en tercer grado, psicólogo se escribía sicólogo, pero en el viejo diccionario que hay en su casa no apareció la palabra. Por la noche al llegar su papá, Joan le preguntó y se enteró entonces que esa palabra proviene del griego. Los griegos son unas personas que se visten con una especie de sábana enredada por todo el cuerpo, y la escriben con p delante de la s. Como era tan tarde no pudo buscarla esa noche y entonces continuó el enredo, porque al buscarla en el diccionario de la escuela que es un Larousse bastante moderno la palabra no aparece por la p, sino en la s. Nada, que cada cual la escribe como quiere.
Joan está nervioso. Sentado en un descanso de la escalera mira ensimismado un punto entre el segundo escalón y el pasamanos. Mañana es el día de la consulta con el de la palabra con p, o con s. En la escuela escuchó cuando la maestra, en el receso, hablando con una asistente, decía que al hijo de su vecina lo llevarían al psicólogo porque tenía trastornos después de una caída. Joan, que él recuerde, no ha tenido ninguna en estos días. Es más, sin contar el arañazo en el codo que se hizo parando un gol, no se ha dado ningún golpe. Y la palabra trastornos su papá la usa cuando hay problemas.
Está ocasión fue porque la abuela lo pilló hablando con Rodobaldo, y le dijo a la madre del niño que estaba hablando solo. ¿Qué culpa tiene el pequeño de que su abuela tenga malos los ojos y no haya visto a su amigo, el fantasma? Ahora, si le dice que conversaba con un fantasma, y además trataba de consolarlo porque estaba deprimido, ahí si le da el patatús.
Rodobaldo tiene una historia triste, pues es un fantasma roquero. Viste chaqueta, jean ajustado y botas bastante empolvadas. Ahora están más sucias porque Claudia, sin darse cuenta, no lo vio, le dio un pisotón ayer. También le arrugó un poco la chaqueta, pero el no se molesta, no es muy limpio que digamos. En silencio Joan de vez en cuando le envidia que nadie lo obligue a bañarse.
Cuando la abuela lo sorprendió, Joan y Rodobaldo estaban intentando arreglar el conflicto de la música. El asunto es que el papá de Joan sólo escucha música salsa, y Rodobaldo no la resiste; cuando se pone rock, el que se altera es el papá. Los únicos momentos neutrales son cuando El Viajero, tío de Joan, está en el apartamento, y pone la música que le gusta: la clásica y algo que él llama niu eich*. El fantasma la soporta bien, y al papá le cae simpático El Viajero y no protesta.
Ahora se le va a hacer más difícil consolar a Rodobaldo, pues tiene a la mamá y a la abuela dándole vueltas a cada rato. Rodi, como le dice el niño cariñosamente, es un fantasma triste. Por ser muy joven llegó cuando ya no quedaban castillos tremebundos, oscuros y lúgubres. Lo que recibió fue un apartamento moderno, pequeño y atestado de muebles del último grito, alarido dice El Viajero, de la moda. Sin contar que como el fantasma, en vida, le gustaba andar de parrandas nocturnas mientras que dormía de día, por castigo ahora sólo puede salir en horarios diurnos y descansar de noche. Y a la luz del sol es bastante difícil asustar a alguien con el corre-corre de los trajines diarios. Menos mal que Paola, a falta de cadenas oxidadas, le prestó la de sacar a pasear a Tito, su perro sato, y trajo además unos cassettes de su tía Ivet, la maga, y Joan se los pone cuando no hay nadie en casa.
En realidad, Joan no está tan preocupado como ayer. Desde que habló con Claudia, y le contó sus enredos con el doctor de la palabra que empieza con p, o con s, se siente más tranquilo. Claudia le aseguró que a Teresa también la llevaron al psicólogo, o al sicólogo, más bien psicóloga, que es una muchacha de lo más amable y conversadora. ¿Por qué llevaron a Tere? -Preguntó Joan entre mil dudas. Tal vez la psicóloga lo que atendía era una enfermedad para niñas. Claudia le susurró, después de Joan prometerle no decírselo a nadie, que fue porque siempre estaba con su amiga la Caperucita Roja. Joan se quedó asombrado, él nunca había visto a Teresa con la Caperucita, a lo que respondió Claudia antes de marcharse riendo a carcajadas:
--Teresa tampoco te ha visto con Rodobaldo.




* new age

ESTE ERA UN GATO...


Este era un gato
que tenía las patas de trapo
y la cabeza al revés
¿Quieres que te lo cuente otra vez?

Este era un gato
que comía siempre en plato
soberbio y elegante
¿Quieres que te lo cante?

Este era un gato
que no dormía mucho rato
era limpio y nada feo
¿Y si ahora te lo tarareo?

Este era un gato
no con botas, pero sí con zapatos
cuello alto y hasta levita
¿Por qué quieres que te lo repita?

Este era un gato
flaco como un garabato
alegre y zalamero
Cuéntamelo tú que yo no quiero.

EL SOLDADITO






El Soldadito de Plomo
no quiere ser militar
porque con el toque de diana
lo vienen a despertar

Quiere con su bailarina
pasear al anochecer
danzar entre mariposas
dormitar sobre un clavel

Triste está la bailarina
el Soldadito de Plomo
está en la guerra otra vez.